Acta Herediana vol. 64, N° 1, enero 2021 - junio 2021
1 Profesor de Interpretación de textos y de literatura
infantil, Universidad Privada Antenor Orrego,
Trujillo. Doctor Honoris Causa por la Universidad
Nacional de Trujillo, Trujillo, Perú.
El DEcamErón, la PEstE
nEgra y El coronavirus
The Decameron, the Black Plague and the Coronavirus
Saniel E. Lozano-Alvarado
1
Retrato tradicional de Bocaccio de los frescos
de la Capilla Española de Santa María
Novella, Florencia.
RESUMEN
Ante el fenómeno de la pandemia universal del coronavirus en el
ámbito mundial, en el presente trabajo partimos del reconocimiento
de una aproximación de la literatura a la realidad, punto de partida
frecuente en el proceso de creación literaria, especialmente en la
narración. Según lo expuesto, la literatura no puede juzgarse
solamente teniendo en cuenta su función artística, sino su relación
con las diversas formas de la realidad: social, económica, cultural,
etc. Se traza un paralelismo entre la “peste negra”, que se originó
en Oriente, de donde pasó a Italia y a los demás países europeos,
y la pandemia actual del coronavirus. En el reconocimiento de esta
situación se ubica el punto de partida del desarrollo de la estructura
y contenido del “Decamerón”, la notable obra de Giovanni
Boccaccio: conjunto de cuentos referidos por siete muchachas y
tres jóvenes varones, cada uno de los cuales relata diez cuentos.
La decisión la adoptaron como una medida de aislamiento y
entretenimiento para eludir el contagio de la epidemia.
Palabras clave: Epidemia, peste negra, coronavirus.
ABSTRACT
Faced with the phenomenon of the universal pandemic of
coronavirus at the world level, in this work we start from the
recognition of an approximation of literature to reality, a common
starting point in the process of literary creation, especially in
storytelling. According to the above, literature cannot be judged
only taking into account its artistic function, but rather its
relationship with the various forms of reality: social, economic,
cultural, etc. A parallel is drawn between the “black plague”, which
originated in the East, from where it passed to Italy and the other
European countries, and the current pandemic of the coronavirus.
In the recognition of this situation is the starting point of the
development of the structure and content of the “Decameron”,
the remarkable work of Giovanni Boccaccio: set of stories referred
to by seven girls and three young men, each of whom recounts
ten stories. The decision was taken as a measure of isolation and
entertaining to evade the spread of the epidemic.
Keywords: Epidemic, black plague, coronavirus.
introDucción
L
a epidemia del coronavirus actualiza
la cuestión de la relación entre la
literatura y la realidad, categorías que
se integran de manera inseparable, sobre todo
si se tiene en cuenta que toda obra literaria
parte de alguna forma de la realidad, la cual
puede ser trasladada, modicada o recreada
en la producción de un determinado texto,
de donde resulta la literatura realista o la de
cción, según la obra resultante “reproduzca”
o “recree” la realidad, o se aleje de ella. Sobre
todo, en el primer caso, la obra literaria resulta
siendo un símbolo o metáfora de la realidad
física, social, económica, cultural, histórica, etc.
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Este asunto, precisamente, explica la
naturaleza, valor y trascendencia de El
Decamerón, de Giovanni Boccaccio, y cuyo
tema general parte precisamente de la terrible
epidemia de la peste negra, la más atroz de la
era cristiana de entonces, y que al igual que
el coronavirus contemporáneo, se originó en
oriente, de donde pasó a Italia y a las demás
naciones europeas. El foco de la epidemia fue
la ciudad de Florencia.
Desde luego, las épocas son diferentes y muy
distantes; pero ambas epidemias y la actitud
de los gobiernos de las diferentes naciones y
la población generan no solo paralelismos sino
convergencias y coincidencias. Aquí radica,
entonces, uno de los valores primordiales
de la literatura, que no solo puede juzgarse
con criterios estéticos sino por su distancia o
aproximación con la realidad.
De manera particular, el tema de las epidemias
y enfermedades contagiosas que han generado
innumerables víctimas ha sido el referente
y punto de partida que se ha plasmado en
varias obras literarias. La relación es amplia,
pero de manera general podemos señalar estos
ejemplos: “El Decamerón”; “La peste”, de Albert
Camus; “Casas muertas”, del venezolano
Manuel Otero Silva; “El amor en los tiempos
del cólera”, de Gabriel García Márquez; “Los
hermanos Arango”, de José María Arguedas”;
Calixto Garmendia”, de Ciro Alegría; “La
ciudad de los tísicos”, de Abraham Valdelomar.
En el presente trabajo ofrecemos una semblanza
del autor, la aparición y manifestaciones de
la “peste negra”, punto de partida para el
contenido de “El Decamerón”, la actitud de
la población, la situación y actuación de los
personajes de la mencionada obra y el valor e
importancia de la literatura, especialmente de
la novela aludida.
Boccaccio y su oBra
Giovanni Boccaccio nació el 17 de julio de
1313, en Florencia. Pasó su juventud en
Nápoles y empezó a estudiar Derecho. En
1318 se estableció en su tierra natal, donde
fue testigo de la terrible epidemia de la peste
negra, ocurrida en 1348 y entre cuyas víctimas
estuvieron su padre y su madrastra. Escribió su
trascendental obra entre los años 1349 y 1351.
Murió el 21 de diciembre de 1375 en su casa
de Certaldo que muchos, incluido él mismo,
creían su ciudad natal. Aún se conserva el
texto que él mismo dictó para su entierro: “Fue
su padre Boccaccio; su patria, Certaldo; su ación,
la poesía”.
Más información y explicaciones sobre su vida
y obra nos ofrece el Diccionario de Literatura
Universal (2003: 129 a 130):
En realidad, nació de una relación ilegítima de un
rico mercader y pasó su infancia en Florencia, donde
inició sus estudios de latín. Hacia 1328 su padre le
envió a Nápoles para que estudiase y practicase
comercio en la sucursal bancaria de los Bardi,
familia muy relacionada con la corte de Anjou. No
se adaptó a esa tarea y durante seis años se dedicó a
estudiar derecho canónico, actividad a la que también
renunció para volcarse con fervor a la literatura, sobre
todo en la lectura de los clásicos, de los poetas en
lenguas romances, de la narrativa cortesana y de los
cantares populares. Empezó entonces a componer
versos y prosas y a frecuentar a los eruditos de la
corte napolitana, así como los numerosos actos y
estas de la alta sociedad de la ciudad. Estas intensas
experiencias culturales y sentimentales, así como su
característica y constante inclinación a convertir en
fábula la realidad vivida, encontraron expresión en
sus primeras obras: “La caza de diana”, “El locolo”,
“El lostrato”, “Teseida”, “Ameto”, “Vida nueva de
Dante” (uno de los autores que más admiró), “La
amorosa visión”, “Elegía de madonna Fiammetta”, “El
Corbaccio” y otras más. A pesar de que aún denotan
ciertas exuberancias sentimentales y eruditas retóricas,
estas obras tienden a reejar atentamente la realidad a
través de un análisis directo y sincero, y con una serena
y objetiva comprensión de la urgencia de las pasiones.
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Sobre su sincera dedicación a la poesía escribió
el mismo escritor: “Sea lo que fuese de los demás,
por lo que a mí respecta diré que la naturaleza
me inclinó, desde el vientre de mi madre, a las
meditaciones poéticas, y por lo que de ello puedo
juzgar, nací solamente para tal menester”.
La peste negra
En el prólogo a su conjunto de cuentos (1999:
8 a 14), el célebre cuentista reere que la
terrible epidemia se originó “por efecto de los
cuerpos celestes o más grandes pecados por justo
designio de nuestro Señor sobre los mortales”.
Esto signica que, según su interpretación, la
tragedia fue resultado de un castigo divino
ante tanta maldad de los seres humanos. Pero
volviendo a la epidemia: ésta comenzó algunos
años antes en Oriente, de donde pasó hacia
Italia y Occidente, es decir a los demás países
especialmente europeos.
Según lo expuesto, la epidemia del coronavirus
resulta reproduciendo una antigua realidad en
cuanto a su origen en Oriente. Ante el avance
del terrible mal, la ciudad fue limpiada y
purgada de todas las suciedades; se prohibió
la entrada de posibles infectados; se adoptaron
todas las medidas sanitarias, religiosas y
humanas, incluidas las procesiones para
suplicar humildemente la misericordia de
Dios.
En cuanto a los síntomas, la enfermedad se
manifestaba por el constante ujo de sangre
que les venía a las víctimas por las narices; a
hombres y mujeres atacadas por el terrible mal
les salían en la ingle o bajo la tetilla izquierda
algunos bultos tan grandes como huevos;
después se multiplicaban manchas negras en
brazos y piernas. Ante tal situación, lo grave
era que ninguna curación o tratamiento médico
era efectivo.
Por otro lado, no se conocía el origen del mal ni
la medicina apropiada. Entonces las víctimas
morían generalmente dentro del tercer día de
contraída la infección. Nada podían hacer los
médicos, así como tampoco resultaban ecaces
las diversas medidas sanitarias y de curación.
El contagio era terrible “no solamente al hablar
o acercarse a los enfermos, sino incluso al tocar las
ropas que ellos vestían o cualquier otra cosa que
hubiese estado en contacto con ellos”. Y no solo
se contagiaban las personas, sino también los
animales y bestias al ser tocados por ellas.
Otro hecho asociado con la actual situación
del coronavirus es que, para prevenir el
contagio, las autoridades prohibieron visitar a
los enfermos y entrar en sus casas, así como
reunirse con otras personas. Se procuraba
pues un absoluto aislamiento. “Ocioso sería
decir que un ciudadano no se preocupaba del otro,
y que casi ningún vecino cuidaba de su vecino,
y que los mismos familiares, pertenecientes a la
misma sangre, muy pocas veces, o ninguna, se
visitaban”. Los mismos sepelios perdieron sus
formalidades y protocolos: “habiendo llegado a
la iglesia, sin preocuparse en rezar algún ocio y
en buscar la debida sepultura, sino rezando una o
dos oraciones, los lanzaban en la primera fosa que
hallaban abierta”.
Al mismo tiempo, otros infectados, a cualquier
hora del día o de la noche morían en plena
calle, “sin que de sus vecinos ni demás fuese sabida
su muerte, salvo por lo que el olor de los cadáveres
daba noticia de ello”. Del mismo modo, en cuanto
a los servicios fúnebres, “cuando el religioso se
disponía a enterrar a un muerto, hallaba a lo menos
siete u ocho cadáveres”. En los cementerios se
enterraban a las víctimas por centenares.
En el recuento general, Boccaccio ofrece este
panorama desolador que dejó la mortal, cruel
e indolente epidemia, ante la cual la propia
ciencia médica nada pudo hacer: